L.M.Silver: «El dinero convertirá las clases sociales en clases genéticas»

ALBERTO D. PRIETO 

Es todo un «cerebro», uno de los mayores expertos mundiales en ingeniería genética. Y desde su atalaya en la Universidad estadoundense de Princeton, Lee Merrill Silver se atreve a vaticinar el mundo del mañana: «En cuanto exista la técnica precisa para “fabricar” personas más longevas y listas, se utilizará».

8ago99Sonríe mucho; incluso cuando se cuestiona su sinceridad. Lee Merrill Silver, catedrático de Biología Molecular en la prestigiosa Universidad de Princeton (EEUU), tiene miedo. Teme que la Humanidad se autodestruya, poco más o menos, por culpa de las tecnologías genéticas aplicadas en una carrera constante por mejorar la raza.

Hace unos meses saltó a la fama por su libro Vuelta al Edén, en el que se permitía describir esa sociedad futurista y pesimista. «Dentro de 100 generaciones, tras acumular mejoras y mejoras en la información genética de sus hijos, los ricos serán una raza superior, más pura o más perfecta; más longeva y brillante. La Humanidad se dividirá en dos mucho más que ahora».

P.- Oiga, dicho así, da miedo.

R.- Mucho, ¿verdad?

P.- Sí, y uno no puede evitar verle a usted como uno de los culpables, por mucho que diga que solamente trabaja con ratones.

R.- Ya, pero es importante dejar claro que yo no trabajo con seres humanos. Mi libro no lo escribí para justificarme de cara a posibles aberraciones del futuro, sino para decirle a la gente que la tecnología que hoy usamos en ratones se podrá aplicar un día en seres humanos. Hay muchas cosas increíbles que pueden acontecer y hay que estar prevenido.

P.- Y a los ratones, ¿qué les hace?

R.- Tratamos de ver cómo influyen los genes en el comportamiento y en el desarrollo de los animales. Localizar los genes que los hacen más agresivos o más curiosos…

P.- Pero eso es ser como Pilatos. Yo lo hago en ratones, pero sé que otro vendrá y lo hará en humanos… aunque me lavo las manos, ¿no?

R.- Yo no soy… Mi creencia personal es que los genes sólo dan un marco general al desarrollo del ser humano, que éste es único e irrepetible, y que puede actuar en contra de sus predisposiciones genéticas y no desarrollar el carácter para el que estaba previsto en sus cromosomas. En animales, es diferente; ellos no son más que lo que dicen sus genes porque no tienen conciencia de sí mismos. Con los ratones quiero saber cómo está formado el cerebro, quiero saber más de la conciencia. Pero… quiero decirle más. Hay quien sí cree que los hombres estamos totalmente determinados por nuestros genes y que poco menos que tenemos un destino. Yo no soy de ésos. Esa gente no necesita la ciencia para pensar así; lo harían de todas formas. Y yo quiero demostrar que se equivocan.

P.- Pero la ciencia de la que hablamos también puede cambiar características físicas, clonar personas…

R.- Sí, pero yo sólo soy un científico. Hay otros. Yo no estudio esas mejoras, son otros. Me limito a levantar la voz de alarma.

P.- Alarma porque, sobre todo en Estados Unidos, con dinero se puede hacer cualquier cosa.

R.- Exacto. Estoy de acuerdo. El dinero llama al dinero y el poder llama al poder. Esta tecnología está hoy en día en manos de personas muy poderosas con muchos intereses en juego y con mucha prisa porque nadie se le adelante. Siempre habrá un científico dispuesto a actuar antes de que las tecnologías sean seguras si hay dinero de por medio. Y, así, el riesgo de división entre clases sociales crece.

P.- ¿Por qué?

R.- Porque el dinero hará que las clases sociales se conviertan en clases genéticas. Es la consecuencia lógica del capitalismo. Los ricos se van haciendo cada vez más ricos porque disponen de la tecnología para ello. Imagínese. Si con la debida técnica se puede fabricar una persona más lista, más longeva, pues se hará. Hoy cualquier padre quiere darle lo mejor a sus hijos. En el futuro, les querrán dar los mejores genes y no verán la diferencia.

P.- A su hijo Ari, ¿le hubiera «cambiado» algo antes de nacer, de haber podido hacerlo?

R.- Sí…

P.- ¿El qué?, si no es molestia…

R.- Me hubiera asegurado de que no sufriera asma. Yo tengo y él tiene. Pero nada más, ninguna otra cosa. Es un dilema ético, lo sé. Mi respuesta es ésa. Otros darán otra. Y habrá padres que, de por sí, no modificarían la información genética de sus hijos, pero al ver que sí lo hacen otros, se sentirían obligados… supongo.

P.- Y usted hubiera tenido la oportunidad de hablarle a sus padres cuando estaba en el útero, ¿qué «cambio» les hubiese pedido?

R.- Esa es una pregunta muy, muy difícil de responder, porque ya estoy aquí como ser humano… Yo creo que es muy diferente hablar de embriones, donde no hay ser humano, que de algo ya más desarrollado que implica cambiar a la persona. Tal vez, el asma. Otro cambio significaría ser otro. Y no… no quiero.

Publicado en EL MUNDO el 8agosto1999

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