La revolución de las monjas

ALBERTO D. PRIETO

Vestidas de gris y con la toca de rigor sobre la cabeza, varias hermanas asistieron esta semana a un seminario de la UIMP sobre teología. Y aprovecharon la ocasión para reivindicar la nueva imagen de la religiosa de nuestros días.

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A ver qué es lo que escribes de nosotras, ¿eh? Que estamos bastante hartas de la imagen de la monja estereotipada». Sor Citroën ha muerto, ¡viva la monja de hoy en día! Una monja activa, bromista -sobre todo Marina-, que ama a Dios sobre todas las cosas, pero que se rebela contra todo aquello que la tome a chufla. «Escribe esto, escríbelo: estamos muy enfadadas con la serie de TV Hermanas. No define nada lo que es nuestra vida. Se ríe de nosotras. Que quede muy claro».

Es la universidad de verano de Santander. La Menéndez Pelayo vio cómo las paredes de su sala Riancho aparecieron el pasado lunes como un álbum de cromos con los rostros de Karl Rahner y un tal Balthasar, dos famosos (?) teólogos. La UIMP alborotó su inicio de semana con la llegada de un grupo de cinco hermanas vestidas de gris que andaban juntas a cada paso. Para desgracia de todos, no las iluminaba ningún halo extraño de santidad. Las monjas existen. Y, contra lo que se pudiera pensar, algunas son muy jóvenes.

Aunque el mundo va muy rápido y lo que fue noticia ayer, hoy ya ni nos interesa, usted seguro que recordará el eclipse del día 11, miércoles. Pues, adivine cuál fue el único curso de la UIMP que no paró sus clases durante el magno acontecimiento. ¡Premio! Las cosas paganas no detienen las cosas de Dios.
Mirando el eclipse

Eso sí, durante el descanso de la mañana, que coincidió con el inicio del fenómeno, se pudo ver a unas monjas, vestidas de gris, mirando hacia el astro rey con un filtro de soldador y huyendo a la carrera de los fotógrafos que querían inmortalizar el acontecimiento. No le iban a dar una portada a un fotero así como así.

Eran las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de la Fe. Un nombre largo para una congregación que se dedica a la enseñanza y a «formar personas que creen familias cristianas». Se habían apuntado a la escuela de teología de esta semana casi por imperativo legal: «A mí me dijeron que sería bueno que fuera». Pero, no seamos injustos. Hay que recordar que ellas hicieron votos perpetuos de obediencia y que cosas como ésta iban en el lote. «Además, es una grandísima oportunidad de aprender cosas nuevas sobre el estudio de Dios. Nosotras que nos dedicamos a la enseñanza, no podemos dejar de aprender».

Sus nombres son de lo más normal. Ya no quedan monjas de esas que se cambian el nombre al ordenarse. Ana, catalana de Barcelona, 29 años y en el convento desde los 19. Marina, la más bromista, también catalana, con 32 años y 14 de vida en comunidad. María de las Huertas -«o Huertas, a secas»-, que entró en la orden a los 18 años y ya cuenta 31. Bienve, la más tímida, de Fuerteventura, la que más tarde se decidió a dar el sí a Dios y su llamada, con 22 años; hoy tiene 35. Y la líder del grupo -«habla tú, que eres la mayor de todas»-, Mari Angeles, que ya lleva la mitad de su vida dedicada a Dios: «Tengo 36 y desde los 18 años voy vestida así».

Y por ahí llamaron la atención, por la vestimenta. El hábito no hace al monje, pero sí lo delata. Y a ellas se las reconoce a distancia. Eran las únicas que vestían uniforme en el aula teológica de los más de 100 alumnos que, cada día, escuchaban a los eruditos estudiosos de Dios. «Te aseguro que hay muchas más monjas ahí dentro, lo que pasa es que van de paisano… camufladas», dice Ana.

Y uno piensa: ¿Para qué el uniforme? Dicen que no es más que un sello distintivo, que a ver si alguien las estaría entrevistando de no ser por su hábito.

Y dentro del aula, monjas, seminaristas, sacerdotes camuflados, don Olegario -el director- y un personaje de incógnito: el autor de la saga del Caballo de Troya, J. J. Benítez. «Yo estoy ahí dentro y alucino cada 30 segundos. Manejan a Dios, lo suben, lo bajan, lo ponen boca abajo y bocaarriba, pero no creen en él».

Duras palabras las del escritor. Pero, ¿falsas? «El que no quiere ver a Dios, no lo ve. El señor no se revela así como así, hay que querer buscarlo y responder a su llamada», explica Mari Angeles.

Llamada, llamada… ¡Esa es la pregunta! Gracias, hermana. Dejémonos de catequesis y responda, ¿qué es lo que puede llamar a una mujer joven -¡de 18 años!- a renunciar a todo por vestirse de gris y con toca para toda la vida? «Es que tú lo planteas mal. No es renunciar; es una opción de vida. Yo no siento que haya renunciado a nada. Sentí la llamada por este camino y no podía decir que no», dice Huertas.

Las religiosas de hoy aseguran tener los pies muy, muy pegados a la realidad. Cuando se les insinúa si no viven en otro mundo, responden airadas: «¡NO! Nosotras estamos muy en este mundo. Y somos profesionales del amor a Dios».

Hablemos de sexo

¿Y del sexo qué? ¿No es eso una renuncia? «Pues no, yo lo llevo muy bien». «Y yo». «Y yo». «Y yo». «Y yo también».

Las cinco monjas responden, pero no a coro. Y apostillan: «El celibato no se reduce sólo a eso, hombre. Son muchas más cosas que, entre todas, te permiten darte totalmente. ¿Que si se debería cambiar para que pudiéramos casarnos nosotras y los curas…? Bueno, no sé. Es una posibilidad, pero la tradición, ya sabes, es muy difícil de cambiar. Y no vamos a entrar en opiniones personales», advierte Mari Angeles.

Por la mañana, a escuchar estudios sobre Dios. Pero, por las tardes, hay más cosas que hacer. Ya que están en la Universidad Menéndez Pelayo, deciden aprovechar todas sus ofertas. Porque, insisten, son personas normales y corrientes.

«Fuimos a un concierto muy bueno el otro día. Los Reels, se llamaban. Lo hacían muy bien. Y, el jueves, estuvimos viendo la película Solas, de Benito Zambrano. Te la recomiendo», aconseja una de las hermanas.

Y, con la llegada del fin de la semana, recogen sus bártulos -«poca cosa»- y a la furgoneta, todas juntas, hacia Barcelona. La tradicional imagen de sor Citroën, monjitas en una furgoneta. De modo que se niegan a que pueda aparecer esa foto. Pero usan una excusa mucho más pagana: «No entres, que el vehículo está muy sucio». Vale, lo que usted diga.

Publicado en EL MUNDO el 15agosto1999

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