Sali, al otro lado

ALBERTO D. PRIETO

CampoTierra

Ya lo sabía Sali. Cada semana me miraba de medio lado y me decía “chaval, ojito…”. Yo recogía el nombramiento y resoplaba. Su risa socarrona al otro lado de la ventanilla me hacía levantar la mirada del papel y, chulesco como corresponde a un chaval de la edad que contaba por entonces, le apuntaba con la barbilla y le espetaba: “Qué”. Sin preguntar, sino provocando. Y él entraba al trapo. Siempre. “Pues eso, que no la líes”.

Sali sabía por qué lo decía. Desde su otro lado de la ventanilla se pasó años dándonos a todos nuestro nombramiento, la octavilla donde aparecía nuestro nombre, nuestro código, el encuentro para el que estábamos designados, el campo donde se celebraba el choque y el dinerito (desglosado por conceptos) que nos iba a corresponder.

Decía que Sali lo sabía. Él sabía aquello porque nos conocía a todos. Decenas, cientos de árbitros de todo pelaje pasábamos por su ventanilla cada jueves (algunos incluso lo dejábamos muchas veces hasta los viernes, porque nunca hemos dejado de ser un desastre). Él mantenía una breve conversación con cada uno. Siempre pensé que nos conocía bien, a su manera, desde su silla, rollizo como era, fumador empedernido, barbudo, grandote, siempre pensé que trataba a cada uno como cada uno pedía. Yo era un adolescente cuando lo conocí; no era casi ni un joven cuando se fue.

Lo que sabía Sali es que este oficio es muy difícil, que con esa papela nos daba un pasaje seguro al sufrimiento, al frío polar, a la lluvia helada, al barro, a los gritos, la incomprensión, al árbitro comprao pito regalao, al maldito cucaracho y a otras cosas peores. Él sabía que, a nuestra medida, éramos un poquito héores. Aunque muy poquito, ¿eh?

Porque Sali y cada colegiado que le decía ese jueves (o viernes) buenas tardes, por favor, me das mi nombramiento, sabíamos que los héroes verdaderos son los que esa semana, como todas, habían sacado dos horas un par de días tras el trabajo o después de estudiar para ir a entrenar con su equipo de Regional, para darle rienda suelta a su fútbol aficionado y tosco a veces. Los héroes son siempre los futbolistas, los profesionales o los amateurs. Los de 12 añitos y los que con casi 40 y algún diente mellado tienen más oficio que fútbol y más malicia con el árbitro que toque de balón.

También sabía Sali que todo el que se acercaba a su ventanilla era un futbolista frustrado. Un aficionado verdadero a este juego. Un tío tan futbolero que había asumido que no era lo suyo eso de darle patadas al balón. Nada más que eso, pero tan hincha del 105×70 como para dedicar las mañanas de los domingos y de algunos sábados a dirigir los partidos de unos desconocidos en un campo recóndito, llegando hora y media antes del duelo, durmiendo poco o renunciando a una noche de copas con los amigos.

Gente que amaba, que ama… que amamos tanto este deporte como para saber que después de correr la diagonal hora y media quedará meter las manos en el radiador 10 minutos más antes de poder ponerse a escribir el acta y que eso no importe demasiado. Futboleros de verdad que vestidos de negro y con un silbato en la mano aprendimos lo que Sali sabía de hacía años, que el fútbol es precioso, que hay que cuidarlo, y que, señores futbolistas, con un poco de colaboración, nosotros los colegiados estamos para servirles.

(Y) …curioso. Cuando el Colegio de Árbitros de Madrid se modernizó y dejó las viejas instalaciones de López de Hoyos 141 para irse junto a la Federación Madrileña a un edificio nuevo en Vallecas, el viejo Sali empezó a irse. Al otro lado de la ventanilla apareció la simpática sonrisa de Roberto. Yo duré poco más por allí pero creo estar seguro de que Rober también lo sabía.

Publicado en Periodista (Y) Colegiado el 12enero2010

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