Más hambre que vergüenza

ALBERTO D. PRIETO

20abr12

Son las 10.00 de la mañana de un miércoles de primavera. Hace fresco en el barrio. Los porteros barren sus portales, el jardinero arregla sus matorrales, los comercios abren sus persianas, comienza la vida de la calle. El barrio se ha vaciado de quienes todavía tienen un trabajo al que acudir y lo llenan camiones de carga, chicas paseando bebés, furgonetas de reparto y señoras camino de la compra.

Las 10.00 de la mañana. Ésa es la hora en que se saludan las vecinas y se cuentan la semana, la hora en la que unas y otras se reparten cotilleos y se ponen al día de la última en la esquina de al lado. Es la hora en la que el abuelo baja a por el periódico y se detiene en el bar a pedir el primer café y el segundo carajillo. Las 10.00, la hora del mercado, de echar la lotería, de hacer los recados. A ésa hora todo se ve en la calle, todo está en la calle.

Es justo a las 10.00 de la mañana que el encargado del súper-descuento de la esquina saca el cubo del almacén con los desperdicios, lo que ya no se puede vender ni sacándole brillo.

Los camiones de basura en el barrio ya sólo pasan en único turno algo antes de mediodía, estragos ocultos de la crisis. La empresa concesionaria parece haber abandonado, al menos la mayoría de los días, la primera recogida de madrugada.

Quizá por eso, por el cúmulo de desperdicios, inmundicias y desechos, el periodista no aprecia de dónde surgen esas dos figuras que, en lugar de seguir andando camino del mercado, o de cualquiera de las tiendas de chinos que han sustituido gran parte del comercio en el barrio -también la crisis-, dos señoras han abierto el cubo que acaba de dejar el chico del súper.

No son indigentes. Se ve en sus maneras, en el carro al que van echando bolsas, que está nuevo. Podrían confundirse con las otras señoras que bajan o suben, con bolsas llenas, con cestos vacíos, pero, ellas sí, con monedero.

Meten la cabeza en el contenedor y su labor es metódica. Rápida y callada. Rutinaria. Una bolsa de naranjas, otra de algo parecido a zanahorias. El periodista está algo apartado y no logra distinguir. Y aunque la vida entera pasa junto a ellas, no detienen su compra. Todos las ven, todos las pueden reconocer. Es el barrio.

Y a ellas maldito lo que les importa, el hambre aprieta. En estas buenas mujeres, la miseria es más poderosa que la vergüenza.

Los dos sentimientos se mezclan en el periodista cuando tira la foto: es noticiosa, sí, pero uno se siente un miserable. Y se avergüenza de lo que le muestra la cámara.

Publicado en EL MUNDO el 20abril2012

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