Los Beatles, Indurain y un bigote. (Tres verdades)

ALBERTO D. PRIETO

BEATLESMi padre siempre llevó bigote. De niño, uno siempre tiene una ceremonia al despertar. La mía, cada mañana, era bajar de la cama y caminar hacia la cocina. Olía a café soluble, más intenso según me acercaba. Al franquear la puerta, él ya estaba allí. Siempre, leyendo algún pasaje de la Biblia; no decía nada, no cambiaba el gesto, por no levantar no levantaba ni la vista: dejaba que lo abrazara, y sólo cuando yo ya lo rodeaba con mis pequeños bracitos, sólo entonces, él correspondía.

Esos abrazos no se miden en minutos. Para un niño el amor de papá es eterno.

Uno no elige su familia. Ni su religión, en un momento de la vida ésta te elige a ti. Te conviertes, caes de tu caballo, ves tu verdad revelada, y ya no puedes abjurar. Ni en el fondo quieres. Pase lo que pase.

Todos recordamos dónde estábamos cuando nos convertimos. Nuestro cerebro registra una imagen, cuyo pulso pendulea en la memoria y a veces saca el cuco. Las horas en punto del recuerdo nunca sabes cuándo afloran, pero siempre son iguales: un vaciallaves de latón bruñido en el zaguán, una casette con el plástico agrietado, cuatro caras esculpidas sobre un fondo dorado y, como si no hubiesen pasado casi tres décadas, lo vuelves a leer: ‘The Beatles. 20 Éxitos de Oro’

—> Completa la lectura en ElAsombrario&Co.

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