El diablo estaba dentro

ALBERTO D. PRIETO

En el principio, era el poli malo. Wojtila abrazaba y sonreía, con esa rendija de ojos amorosa y esa genuflexión arrastrada cada vez que pisaba un nuevo suelo. Uno agachaba besos y otro, él, levantaba el dedo acusador. Un cardenal que llegó a papa viniendo de regir la curia con mano de hierro, el brazo armado de Dios, el inquisidor alemán que afilaba las llaves que había lucido el polaco en sus estolas de Pedro, el anunciado como una involución en abril de 2005 al grito de Habemus papam, ha resultado ser el tipo que más poder le ha quitado al cardenalato vaticano.

Papa-Benedicto-XVIA partir del discurso latino de un abuelito con voz aflautada de un 11 de febrero de 2013, los sabuesos y camarlengos de turno han quedado desnudos de púrpura. “Me falta el vigor tanto del cuerpo como del espíritu para gobernar la barca de San Pedro”, dijo, “en este mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe”.

Un pontífice mide siempre sus palabras, y no dice nada sujeto a interpretación si no quiere ser interpretado. Cuánto más en la primera renuncia papal en 700 años… La modernidad ha sido sugerir su desánimo existencial, basar en él su renuncia y despojar de privilegios a los validos romanos, que ya no podrán salivar a la espera de que un papa se enferme. Si el sucesor de Pedro puede renunciar en vida, ya no habrá más moribundos que manejar.

Porque, desde ahora, el papa ya es libre de dejar de serlo.

Es curioso comprobar cómo Su Santidad más tradicional resultó la más revolucionaria. En comparación con la humanidad de su predecesor, Ratzinger parecía siderúrgico, perfecto, preciso y frío como el acero, y sin embargo ha sido él quien más ha humanizado el papado. Y este último servicio a la Iglesia católica, su renuncia liberadora, es, en contra de lo que se podría pensar de un intelectual insobornable, una paradoja en perfecta consonancia con su pensamiento.

Catedrático de Teología en su juventud, nunca renunció a la confrontación dialéctica. Pero jamás cedió un ápice en su defensa de que, lejos de ser contradictorias, la razón no es nada sin la fe. Como dejó claro en su famoso discurso de Ratisbona, lo más lejanas que están una de la otra en su pensamiento es como dos caras de una misma moneda, que ninguna existe sin la otra.

—> Completa la lectura en JotDown

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