La fruslería

ALBERTO D. PRIETO

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Todo ocurrió en Facebook en menos de cinco minutos. Soy banal. Confundo lo urgente con lo importante. Lo interesante con lo curioso. Yo, que soy periodista, supuestamente leído, crítico con lo establecido, harto de políticos de argumentario y de los titulares que prometen y no dan, yo piqué, curiosón, en aquel cebo. Mientras miraba el insustancial corte de pelo de un futbolista, un amigo compartía una noticia que le afecta a él y a su empresa… Pese a ser un ejemplo revelador de la incapacidad de los políticos para todo lo que no sean excusas de mal pagador, nadie la habrá leído. Así que espanté mis demonios con sus armas: pillé el iPhone y en su bloc de notas escribí este chorreo sobre la fruslería en la que vivimos, este escenario globalizado que aloja la realidad en el móvil y convierte todo en un titular de consumo inmediato:

Hoy la relevancia no se mide en la profundidad de tu mensaje sino en la cantidad de impactos que provoca. Directos al mentón o golpes bajos, es igual, porque el objetivo es sonar: que tu marca haga el mayor ruido posible en la red, y –claro– que aturda al público con una cantidad inabarcable de inputs de vida efímera. Dejarlo sonado para que siga picando sin criterio calmando su mono de oquedades llamativas.

Pero la realidad es la que es, la vistamos como la vistamos, aunque haya quien se dedique legítimamente a darle forma. Para endulzarla, como Mary Poppins. Y el problema es ése: cuando nos quedanos en los colorines de la pildora.

Poco importa que dentro haya un placebo. Es casi mejor, una caja hueca nunca sorprende, y si lleva un buen lazo hasta gusta. Hace tiempo que no importa la verdad, sólo la versión que más convenga. Y si no encaja en el puzzle, decimos pasapalabra. ¿Pensar? ni pensarlo.

Entender nuestra crisis? (2012-03-14)Es la sociedad de la cascarilla, la ceremonia del escenario, donde una realidad demasiado compleja se sustituye por un teatrillo de nimiedad sin matices, fáciles de masticar y que no importunen al consumidor. Periodistas y políticos con el equipaje argumental repleto de mensajes sencillos, a poder ser complacientes y autoinmunes.

El éxito de un medio se mide hoy en pinchazos. Así, los medios elegimos los cebos antes que los contenidos. Menos párrafos y más titulares. Menos titulares y más tuits… Pinche usted aquí, satisfaga su curiosidad, sepa que nada más conseguirá. A nadie le importará. ¿Qué le cuesta? Un pinchazo, por caridad… Como internet es inmediato, y más ahora en el móvil y en la tableta, éste es el acuerdo tácito entre el medio y su consumidor: aquí sólo hallará usted la satisfacción de no quedarse con las ganas de la satisfacción.

Es más fácil.

Es más barato.

Los resultados (?) son inmediatos.

Y el consumidor ya no es lector, así que pide más, no mejor.

Los políticos hoy deben equilibrar las cuentas, y preferimos que nos calmen el terror a la crisis con excusas cutres para no pagar antes que verles esforzarse en cumplir con sus (nuestros) compromisos. Porque si eligen ser rigurosos para resultar fiables, aún les quedaría mucho por hacer: ser creíble es sólo una parte del trabajo, faltaría la de tener ideas… inventar una economía que nos dé de comer de una manera estable y sostenible en el futuro.

Eso es más difícil.

Es más caro.

Y los resultados son a medio plazo, nunca antes de la próxima legislatura. Vete tú a saber si para entonces sigo siendo de los nuestros.

Por no hablar de que un político honesto en la pantalla cuestiona la conducta casera del televidente.

IMG_4241Somos expertos en atajos. Más en buscarlos que en acertar con ellos. Nos encanta vestir al pollino. Y es cierto que ser líder en tráfico web tiene un efecto llamada. Todo el mundo –hasta los que además de usuarios aún son lectores– gusta de estar con el líder, para presumir de ello (los que compran El País suelen llevarlo con la cabecera doblada hacia fuera, como una señal de prestigio, aunque muchos no se hayan percatado de que Enric González ya no escribe ahí –Enric… qué? Ah el que escribía de fútbol italiano!–) o para ocultarlo (nadie reconoce que sintoniza a Jorge Javier, pero hace populares a todos los analfabetos a los que exprime, porque luego son los que protagonizan el ültimo ‘famosos en bikini’ con el que Tele5 termina de cuadrar el círculo vicioso de su audiencia).

En política nos pasa parecido. Creemos que basta con decirlo para que sea. Unos son fachas y otros rojos. Los ricos son malos; los pobres, víctimas. Aquéllos españolistas y ésos separatistas. Los míos buenos y los otros malos. Me suban los impuestos o me roben, son los míos. Mi mona es tonta, pero es la mía. Y lleva seda de la nuestra.

Zapatero fue el payaso protagonista de este circo durante unos años. Llegó gratis a Moncloa, sin esperarlo ni merecerlo. Y, a falta de programa de gobierno, tiró de manual ideológico. Recién llegados al banco azul, y con la economía boyante del ladrillo, no se le ocurrió usar los excedentes para preparar el fin de ciclo. Era más rentable seguir inflando el globo con insensateces rentables en popularidad. Al optimista sociológico le debió de sorprender el pinchazo inventando algo hermosamente hueco y, como siempre nos contó la versión buena de la vida, nunca fue culpable de nada. Porque además hasta los que le adivinábamos más tonto, nunca fuimos capaces de achacarle maldad. Era un niño arreglando un error con mentiras piadosas.

Una tras otra. Sin parar.

Hasta que lo mandaron al despacho de la directora.

Y aunque tuvo que copiar cien veces que de nada sirve sonreírle al huracán se fue sin entender por qué no funcionó.

Y sin contárselo a Rajoy…

Somos los reyes de la excusa acomodaticia. Preferimos equivocarnos a rectificar y, así, no podemos pedirle otra cosa a la sociedad que conformamos. Los políticos decepcionantes y los titulares de la nada son nuestro reflejo, parte de nosotros, como el fontanero sin factura o el funcionario que le encarga un proyecto a la empresa de un amigo: lo hacen bien, ganamos todos, ¿qué hay de malo?

La peineta es ciegaAsí que, ¿de qué nos quejamos? Nos quedamos en la forma porque nos encaja, no nos desmiente y es fácil discutírsela al de enfrente. Una demagogia contra otra es pelea baldía, lo que nos asegura no perderla. Preferimos un mundo lleno de estereotipos que no desmientan nuestro dibujo: los medios y los partidos sólo ofrecen lo que pide su clientela. Nos indigna el dedo tieso de Bárcenas y deseamos ser el Dioni para levantarlo nosotros. Pagamos en negro al del taller y aprovechamos la manifestación contra los recortes en educación para que el ordenador vaya descargando en casa una peli del megaupload… que es culpa de Wert que el cine sea tan caro, que es un sectario. ¿No era un tertuliano de la radio?

Tenemos, pues, lo que pedimos. Es nuestra actitud la que ha fomentado periódicos de partido y partidos de poder. Pedimos poco y no exigimos nada: un mensaje simple, algo con que entretener la abulia y nada de complicaciones. Excusas que nos calmen de la insatisfacción y nos indiquen fácilmente otros culpables reconocibles.

Nuestros atajos racionales los aprovechan los proveedores de pan y circo, que agradecen un público tan previsible. En ese terreno abonado de cerrazón vaga y tramposa, escriben unos y mitinean otros… Sabiendo que basta una frase para alimentar la ovación y el share. Un país como éste, prejuicioso con todo lo que signifique rigor, disciplina y responsabilidad, y fascinado por la flojera, el capricho y los derechos es terreno abonado para los prestidigitadores de la palabra y los vendedores de humo.

A fuerza de simplificarlo, el mensaje se radicaliza. Y cuando todos pedimos una dosis periódica de nuestra propia versión que nos calme la digestión de la realidad, ese pensamiento masa está en la antesala del pensamiento único. A un paso del populismo.

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