Cuando Michael Jackson dejó de llamar la atención

ALBERTO D. PRIETO

El 25 de junio de 2009, en Los Ángeles, California, dejó de dar noticias.

Se murió, hecho un asco. Obscenamente rico, podrido de pasta y de drogas, sedado una vez más para huir de un mundo de mierda al que él nunca importó. Nos molaba su voz de niño, su narizota menguante, su color decolorante, su pelo afro alisado, su moonwalk. Nos asqueaba que tocara niños, jugara con ellos, les sentara en sus rodillitas en el rancho. Y se lo reprochábamos. Porque eso nos hacía mejores que él.

Pero en realidad nos importaba un carajo. Era otra excusa para hablar de él, pinchar sus discos y poner sus vídeos. Porque cualquier memez con ‘Thriller’ de fondo se ve, se pincha, se consume, como la vida lo consumió.

Está en la cárcel el médico que le inyectó la última mierda, pero a saber por cuánto tiempo, aunque ya no importa: tuvimos nuestro auto sacramental retransmitido en directo y tuiteado al instante. Su hija Paris acaba de rajarse las venas, pero nadie se ha preguntado por qué, sólo ha vuelto a sonar ‘Black or white’ y Spotify ha hecho, de nuevo, clin clin caja.

Era un producto, de su padre y de su puta madre, la que nunca levantó la voz cuando el viejo lo aporreaba a correazos para que siguiera cantando. O sí la levantó. Y recibió también lo suyo en tortas. Y en dinero, claro.

‘Have you seen my childhood?’ Nos quiso avisar, llamar la atención, pidió la vez en nuestros corazones, pero no quisimos escuchar. “Before you judge me, try hard to love me”… y una voz infantil solloza si has visto, si de verdad has visto su jodida infancia.

No dejó de ofrecer todo su genio y de pedir ayuda. Gritó en ‘Tabloide junkie’, cabreado, que estaba harto de lo que le dábamos y de que habláramos de él como si no estuviera. Soy una estrella, me he apartado del mundo, porque soy raro, porque ninguno me entendéis, panda de cotillas. Y sin embargo decís, opináis, aseguráis, me juzgáis…

Porque reconozcámoslo, Michael Jackson no era un músico, ni un artista, ni un bailarín, ni un cantante, ni un genio, ni un disco, ni un vídeo maravilloso tras otro; ni siquiera era un negro blanco, ni un tío con cara de tía, no era un pederasta ni un enfermo, no era un desequilibrado ni un niño sin niñez; no era un drogata ni un loco. No era un rico excéntrico traidor a su familia y amigos. No era Peter Pan. No era nada de eso, ni nos importaba un pimiento lo que fuera.

Porque era el motivo de nuestros comentarios, la excusa para saber con qué abrir el informativo, el recurso fácil para subir la audiencia de la radio o animar una fiesta, el perfecto argumento de una animada tertulia de bar. Él sus hermanos, la teta de Janet, las operaciones de Latoya, la mascarilla y el paraguas, el burka o lo que fuera de aquella vez, el bebé descolgado por la ventana de un hotel, el moldeado capilar de los últimos años…

Él, Michael Joseph Jackson, nacido en Gary, Indiana, el 29 de agosto de 1958, la persona, nunca nos preocupó.

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