«Todo eso que veis ahí es mío»

ALBERTO D. PRIETO

Freddie_10Lo dijo con un guiño, torciendo el bigote a uno de sus escasísimos entrevistadores. Evidentemente, «todo eso» era lo que asomaba bajo sus ceñidos pantalones. Pero bien podía haberse referido a cualquiera de los aspectos de su exuberancia.

Para ser un tipo hecho a sí mismo, del que nada se esperaba al nacer en Zanzíbar un septiembre de 1946, quedó una obra maestra. Cierto es que Freddie Mercury tuvo a mano –y usó– toda una pléyade de improbables ingredientes exóticos: quizá fuera el único tipo nacido en África en el seno de una familia india de origen persa que todos hayamos conocido. Aunque para los restos fue inglés por obra de la época colonial, de cuando el mundo aún no era éste. Éste que su arte ayudó a fundar.

Muchos coincidimos en que los 70 fueron la mejor década de la música moderna. En esos años se exploraron infinitos caminos sin vergüenza ni complejos. Cientos de grupos abrieron los abanicos del pop, el rock, la melodía, el blues, el sinfónico, el progresivo, discos conceptuales… En los años posteriores a la revolución floral y amorosa, el mundo político se había quedado rezagado de una sociedad fronteriza que tomaba sus propias riendas. Y el arte de masas actuaba de catalizador.

Por eso Freddie, todavía Farrokh Bulsara al aterrizar en aquel Reino Unido, de todos sus talentos, eligió el de ser el mejor cantante de rock del mejor grupo de rock de la historia.

Era un jovencito feo y enclenque recién llegado a los arrabales de la capital de su metrópoli imperial. Si en aquella época hubiese pronunciado la frase esa de «todo lo que veis ahí es mío» habría provocado carcajadas de sus compañeros de estudios, que ya bromeaban acerca de su enorme caja de dientes. Su soberbia, años más tarde, tornó ese defecto físico en virtud: «canto así gracias a su inmensa resonancia».

Bulsara estudió arte en una escuela de Middlesex. Inmejorable nombre para un icono gay cuyo única pareja estable fue una mujer, Mary Austin; para el primer loco que subió a un escenario enfundado en unas mallas de rayón arlequinadas.

Pero Freddie, ya entonces Freddie, supo convertir su extravagancia en autoafirmación, la mezcló con su innegable talento y dio a luz una personalidad excesiva. Debía de ser un suplicio convivir con un tipo que le ponía un nombre maricón a tu grupo, que se cambiaba el apellido a mitad de disco por la inspiración de los dioses de Rhye, su Olimpo inventado, un fulano que sin un ápice de modestia, te sonreía confiándote el secreto del éxito de vuestra música: «sin duda, es por mi carisma».

Queen (13-07-1973)

Queen (13-07-1973)

Freddie, decíamos, utilizaba todos los ingredientes para ser perfecto. El primer disco de Queen, de hecho, es un pequeño resumen de los 70, puede que la inauguración de la década musicalmente hablando: sinfonías, coros, guitarras con ecos, experimentos con el estéreo y letras divinamente transgresoras, de una ecléctica inspiración religiosa.

Mercury, desde ese disco Mercury, era su propio dios; estaba predestinado para ser una estrella –«una leyenda, diría yo», se ufanaba–, pero el camino lo anduvo él. Paso a paso. No era sólo un presumido incomprensible, era un currante obsesivo que sabía lo que quería en cada línea de pentagrama, pese a que sufría leyendo música. Porque una vez que supo que ésa era su vocación, acabó los estudios con notas brillantes, pero se dedicó a vender ropa de segunda mano en el mercado de Kensington y a acarrear equipajes en Heathrow. Lo que fuera por juntar unas libras para grabar maquetas. Para ser el mejor cantante de rock del mejor grupo de rock de la historia quedaba mucho trabajo. No bastaba cantar como las musas, vestir como un degenerado y pintar un bonito logo.

Freddie se empeñó en que lo adoraran con motivo. Antes de que lo matara el sida, él ya había vivido el equivalente a muchas vidas, y había mejorado las nuestras. Lo hizo en lo íntimo con el mismo exceso de humor y amor que exhibía sobre las tablas. Cantó hasta el último resuello y pidió que siguiera el show. No dejó nada por hacer, ni por probar, no dejó un estilo por ensayar –funk, disco, balada, himnos, bandas sonoras…– ni una nota por perfeccionar. Por esa creencia deificada de que todo lo que él tocaba se tenía que convertir en perfecto, «todo eso» lo quiso hacer suyo. Quizás a eso se refería en realidad.

Freddie Mercury

Doble página en EL MUNDO con motivo de los 40 años de la publicación de ‘Queen’.

Publicado en EL MUNDO el 14julio2013

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