Perdidos en Marrakech

(C) ADPrieto

ALBERTO D. PRIETO
H
e olvidado su cara. Es más, tampoco sé si la había visto antes. Admito que espero no volver a verla jamás. No sabría cómo reaccionar si, por un azar del destino, esa señora viniera y con su mirada me recordara lo que hice. Y me hiciera ver que ella sí se acuerda.

He olvidado su cara, pero no su gesto, aterido; su asiento recoleto en un pollete, o quizá un escalón, tampoco lo recuerdo. Sólo sé que, lo que hice, lo hice rápido, sin darle más vueltas. Es mejor no pararte a pensar en situaciones así, o te embolicas. ¡Qué culpa tenía ella!

La calles tampoco las recuerdo. Sus nombres. En cuál decidí hacerlo y en cuál lo hice. Eran calles sin nombre, esquinas olvidables, todas iguales, sin letreros, sin números ni comercios, sin carteles ni semáforos, sin referencias. Un par de días antes, ese entorno me había asustado, sin embargo ya me sentía cómodo allí. Tanto como para mirar a mi alrededor y sentir que ya reconocía el terreno. Marrakech no dice cómo se llama nada de lo que ves, pero está y tiene un nombre, como todo.

Esa señora se llamaría de algún modo, y ahora recuerdo que me miró y dijo algo que jamás habría comprendido, el árabe mascullado entre encías desnudas suena a susurro, a lágrima seca. Ella no tenía la culpa, nunca la tuvo. Fui yo el que se sintió culpable.

Pero me rebelo contra ese sentimiento. Yo hice lo que debía, estaba obligado. Nadie me impulsó ni me forzó, pero ¿qué remedio tenía? Tampoco la elegí a ella, tan anónima era antes de verla como al irme de allí; tan sin nombre como todas las demás. Y todos, niños y ancianos, arrugados sobre una cadena o bajo un cuadro de Mohamed, merodeando, esperando. Sin entender nada, como yo.

Yo por el idioma, claro. Pero no sólo. Había algo que me picaba más que la garganta por las calles de la medina de Marrakech: Mi cámara de estreno, su funda con la cartera dentro, una mano en cada una. Protegiendo. Mis dirhams en un bolsillo y mis euros en otro. Los pasaportes en el bolso de mi chica y la desconfianza acompañándome a cada paso. Una desconfianza culpable, si en verdad ellos son los que tienen motivos para malentenderme, para malentender a todos los blanquitos que miran con la barbilla alta, que los pobres están abajo. Ellos no han hecho nada por estar ahí ofreciendo un kleenex y nosotros sí por ir a verlos.

Ir a verlos. Como a un teatro.

Pero no lo es. Es una representación de la injusticia a pocas olas de mar de aquí, sí. Un guión escrito a una mano, la del sátrapa que los gobierna en su propio y único nombre, pero cuya coproducción es nuestra. Una obra voluntariamente inacabada, para que los protagonistas no sean ellos, para que nadie adivine el final, como en esas calles sin nombre, como en esas esquinas que se doblan y redoblan bajo arcos apuntados y entre gatos ahítos de ratones.

Si fuese un escenario, sería el más rico en matices y colores; sería el primero con olores y textura. Y habría miles de protagonistas, porque allí todos son la misma señora a la que entregué mis últimas monedas. La vieja desdentada miraba hacia abajo, ni estaba pidiendo, sólo esperaba, quizá desde hace décadas, que alguien reparara en ella. Yo lo hice, pero sin atender su mirada. De los ojos que nunca me podré librar es de los de los que dos metros más allá sí alargaban la mano y me miraban, con un niño en su regazo, preguntando, eso sí lo entendí, por qué a ella no le eché mi calderilla.

Publicado en FronteraD el 8agosto2013

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