A otro olisqueará los bajos cuando deje de ladrarte a ti

ALBERTO D. PRIETO

Fue hace tiempo. Recuerdo la primera vez que lo vi en una reunión convocada por el gran jefe. La impresión que me causó; como un crujido mental, me resultaba difícil interpretar, entender lo que estaba viendo.

Lo que veía era un perrillo faldero correteando alrededor del amo. Satisfecho al ofrecerle sus cabriolas, regalándole todas sus gracietas. La manera de pedir cariño del mejor amigo del hombre –pero entre hombres–, empequeñeciéndose ante el castigo, sumiso y complaciente ante los caprichos del amo.

Cancerbero1Yo salí de ahí y tardé en comprender. No mucho, un par de segundos. Porque las neuronas no encontraban ese registro, que no encajaba en ninguno de mis andamiajes mentales. Aunque, como todos, yo sabía que eso pasaba –el cine muestra al arrastrado como estereotipo en las pelis de oficinas–, hasta esa reunión yo no había visto en directo cómo el Can Cerbero de los infiernos se tornaba en perrillo faldero. Esa fidelidad ciega y humillada, de ojos gachos y ademanes torpes había empequeñecido tanto a mi jefe directo que hasta los puños de la camisa le alcanzaban los nudillos y le costaba tomar notas…

De ese modo entendí que, si ante sus broncas bíblicas, y pese a la tembladera, yo no había perdido nunca mi dignidad, ahora que había visto cómo los espumarajos que brotaban de sus fauces cabreadas conmigo él luego los aprovechaba para sacar lustre a las suelas del gran líder, yo ya nunca sería menos que mi jefe. Que cualquier jefe.

Aquel día me emancipé y liberé mi amor propio de rangos y categorías. En adelante, mi consideración en el trabajo sería la mismo para todos. Con un solo límite: nunca respetaré a alguien más de lo que esa persona se respete a sí misma.

Porque desde aquel día, a mi mente siempre viene la imagen de un inerte perrillo de bandeja de coche cada vez que me vienen a hablar de las humillaciones públicas provenientes de aquel jefe que una vez también tuve por implacable sabueso. Porque yo lo vi menear la cabeza sin voluntad al son de los vaivenes de otro.

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