¿Quién sabe que es Navidad?

ALBERTO D. PRIETO

Luces de Navidad #NoWay #España

Luces de Navidad #NoWay #España

Pisas la calle de buena mañana, hace frío y la luz del sol aún sólo se insinúa. Te sorprende enfrente un niño sentado. No hace nada, entretiene su desgana con montoncitos de arena. La mirada perdida y te parece que con brillo, no de la alegría vivaracha de un enano juguetón, no; de ése otro más viscoso que se instala en los ojos cansados.

El chico mantiene fija la dirección de su mirada, perdida, hacia donde tú estás, pero no parece importarle si estás ahí. Sólo posa los ojos, como apoyando la vista, descansándola tras una larga noche rascando las uñas encogido, ahí está.

Empiezas a caer en la cuenta de que, pese al frío que hace, el chaval sólo viste una camiseta y una mala sudadera, y cuando reparas en sus pies descalzos y callosos, tropiezas con algo. Ahí miraba el niño, al cuerpo tumbado de uno que habita bajo una manta de cartones. Podría estar dormido, o algo más; no ha reaccionado a tu involuntaria patada.

Ni el niño. Sigue moviendo montoncitos de arena que ni mira.

Haces un gesto con la mano, como de pedir perdón. Pero lo haces a ese cuerpo inerte, así que lo terminas rápido. Y caminas calle arriba dejando al niño atrás. Por tu mente empieza a merodear la pregunta de quiénes son, qué hacen ahí, si el niño llevará mucho despierto, si deberías haberle preguntado algo, si tendrá frío, claro que lo tiene, rondamos los cero grados, si podrías hacer algo, si es tu responsabilidad, porque tú ya haces cosas por los pobres, y no presumes de ello, qué va, joé pobre niño, debería haberme…

Suena algo de lejos, pero no le das importancia. Es como un grito, una mujer, una niña, pero podría ser un maullido de un gato cabreado. A saber. Pero no. Es una mujer, está dando bofetadas torpes a uno que se ríe mientras con la otra mano se coloca la ropa. El otro se lleva el cigarro a la boca, se da la vuelta y explicita su desdén subiéndose los cuellos de la cazadora. Ralentizas el paso, no te queda mas remedio que pasar junto a ella y no sabes cómo hacer.

El niño vuelve a tu cabeza, hace frío, ¿estaba vivo el tipo de los cartones? ¿qué hora es? La luna está en creciente, ¿no? Ya pasas a la altura de la mujer. Es guapa, o lo pudo ser, lo notas mientras reparas en su escote, sus mechas bien dadas, lo bien que le queda la falda, pese a que está descolocada. Y mientras reparas en eso, en que se la está colocando, mientras la empiezas a dejar atrás, hay algo extraño. Tiene una marca en el envés de la mano. Como una quemadura circular. Pequeña. Reciente.

¿Lloraba? Bueno, algo parecido. Porque no era enfado con lo que abofeteaba, ahora lo has notado. Era exasperación, hastío, y de ahí la indiferencia del otro al sonreír, cigarro en boca. Menudo capullo, de buena gana te lo echarías a la cara, y le dirías cuatro cosas bien dichas. Si hubieras reaccionado a tiempo, habrías intervenido, claro que sí. Si una mujer pega así a un hombre y lo deja ir pese a todo, la cosa está clara.

Pero bueno, ya estás calle abajo, doblando la esquina y, joder, qué vendaval hay siempre en la avenida… el que diseñó el barrio no pensó en los vientos dominantes, macho. Y en el frío que hace aquí en invierno. Te cierras los cuellos del abrigo y subes un poco la bufanda. Si aceleras, llegas al banco antes de que haya mucha cola.

Quién tirará de quién?

Quién tirará de quién?

Pides la vez a una entrañable viejita, que te sonríe sin despegar los labios. Te fijas en las arrugas de su boca, que parecen un bigote, en que las comisuras se le hunden como a quien no tiene ya muchos dientes, y recuerdas a tu bisabuela cuando ves que en la mano izquierda lleva un bolsito de mano que no suelta ni para colocarse la rebequita de los hombros.

¿Y ha venido así, a cuerpo? Con el frío que hace… Quieres pensar en que habrá dejado el abrigo en algún perchero al entrar a la sucursal, pero no ves ninguno. Bueno, miras el reloj, tienes tiempo, incluso si la señora se entretiene con el cajero, que todos sabemos que los viejos van al banco y al médico, sobre todo, para hablar con alguien.

Sacas el móvil, respondes unos mails, retuiteas a Pérez Reverte, que ayer estuvo inspirado criticando esta mierda de España en el bar de Lola, y mandas tres chistes a tus amigos del guasap. Es curioso cómo siempre pasa igual, que te pones ingenioso y te ríes tú solo, como si el del chiste hubiera sido otro… y estás así, conteniendo la risa para no llamar la atención, cuando caes en la cuenta de que la vieja se está alargando demasiado.

Y mientras levantas la vista, con gesto impaciente, que todos tenemos cosas que hacer, señora, dése cuenta, por fav… ella se da la vuelta y te rehúye la mirada cediéndote el paso al puesto del cajero mientras, llorando, guarda algo en su bolsito. La curiosidad te desvía la mirada y te da tiempo a ver que es un papel con membrete de la compañía de la luz.

Y no puedes evitar pensar de nuevo en tu bisabuela, cuando te contaba que ella pedía siempre la papeleta de Fraga ahora que había que votar. Y que ella había pasado mucho frío en la guerra y que ahora, por lo menos, tenía una casa con calefacción, y que toma cien pesetas. Y la ves, sacándolas de su bolsito de mano, como hace 24 años, antes de que te telefoneara el día antes de morir y te dijera a ver cuándo te veo, que hace hace mucho que no vienes a verme.

Hacía frío aquella mañana en que despertaste oyendo que había muerto la bisabuela, sonaban villancicos en casa, como ahora en el banco… ¡claro, es verdad! Mañana es Navidad.

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