5 años sin Michael Jackson: Blood on the Dance Floor

1997 (39 años, caída de ventas, retirada paulatina para cuidar de los niños que ‘compró’ a Debbie Row)
5 canciones – 101 aullidos, 192 gemidos, 58,6

 

ALBERTO D. PRIETO

Países con derecho consuetudinario permiten contratos legales privados que no admitiríamos en otros en los que nos regimos por legislaciones garantistas y exhaustivas. Michael se permitió el lujo de ‘comprar’ a sus hijos por anticipado. El hecho de que hallara con quién hacer ese trato no dice mucho de esa señora, pero a saber cuáles eran sus motivaciones (uno puede interpretar que no era más que una madre de alquiler y que Jacko quiso, en su excentricidad, darle a todo forma de matrimonio perfecto por su eterna carencia obsesiva), aunque el caso es que de quien menos dice un trato como el que cerró con Debbie Rowe es del propio Jackson.

Pues partió de él la iniciativa, la idea de ser padre para darle a unos niños un hogar amoroso y lleno de felicidad (representada, de nuevo exagerando hasta el paroxismo, por el parque de atracciones que él mismo había hecho construir y había estrenado años atrás en su finca de Neverland) con una estructura legal pavorosa y, a la postre, contradictoria. Porque sí él un día faltaba los niños nunca irían con su madre… sino al seno de los Jackson, bajo la égida de los viejos Joe y Katherine, el cruel maltratador y su sumisa esposa.

O ex esposa. O lo que sea ahora. Porque sólo después de heredar a los niños (y la enorme fortuna que con ellos venía) ella se atrevió a abandonar al putero y desalmado explotador de la marca a la que dio apellido.

‘HIStory’ había comenzado con grandes cifras, y aún hoy es el disco doblé más vendido de la historia de la música, con más de 20 millones de copias en formato físico. Pero los últimos singles, pese a que en Europa funcionaron muy bien, pasaron casi sin trascendencia en EEUU. La imagen de Jackson estaba deteriorándose a ritmo imparable y sus excentricidades públicas no ayudaron. Tampoco lo hizo que a los dos años se publicara un EP con sólo cinco temas nuevos y varias remezclas de dudosa coherencia con el sonido habitual del artista.

‘Blood on the dance floor’ confirmaba su decadencia al tratar de aprovechar el rebufo de una publicación que ya había venido ‘dopada’ por una recopilación y por pretender hacerlo con un trabajo que presentaba poco material nuevo y a la vez anticipaba que la desconfianza ya había alcanzado a la casa discográfica: Jacko aún era un artista de ventas millonarias, pero las inversiones que requería en producción, promoción y lavado de imagen resultaban demasiado gravosas para Epic.

Con todo, se puede decir que este trabajo también tiene un récord aún imbatido, al ser el disco de remes las más vendido de la historia, con 15 millones de ejemplares, según diversas fuentes. Pero sus singles no funcionaron en EEUU, las ideas grandilocuentes de Jackson ya no eran siempre un acierto y los millones gastados en cortometrajes promocionales llenos de efectos especiales y huecos de argumento.

La crítica, quizá cansada del mismo divo, y con el terreno abonado por un par de trabajos dudosos y su imagen pública tan deteriorada, acusó al disco de prescindible. Y en eso tenía razón, salvo por una cosa: también se lo acusó de tener letras muy superficiales, a pesar de que si acaso se las podría causar de repetitivas en el tema del ‘déjenme en paz, quiénes se creen ustedes para juzgarme’ y de que, al calor de su posterior muerte uno se puede preguntar cómo nadie vio lo que, por ejemplo, anticipaba una canción como ‘Morphine’. Si ya desde el título uno puede imaginar por dónde van los tiros, el cambio de tempo en el que Jacko hace una oda al demerol, un potente calmante que pasados los años se le quedó corto confirma que, una vez más, estaba tratando de mandar mensajes. Quería llamar la atención sobre su sufrimiento interno y, como siempre, sólo sabía hacerlo desde el micrófono y en una dirección: la suya, porque jamás aceptaría que alguien le dijera qué tenía que hacer para salir de sus círculos viciosos y sus adicciones.

Y, al mismo tiempo criaba un trío de niños en Neverland. Supuestamente hijos suyos, probablemente vía inseminación artificial, y también víctimas del ambiente poco común del que los rodeaba su progenitor. Por entonces se pudo ver a Jackson descolgar a su bebé por una ventana para mostrarlo a los fans, pasearlos vestido con algo parecido a un burka y, más tarde, a la familia ‘feliz’ salir de una heladería todos con mascarilla sanitaria…

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