5 años sin Michael Jackson: Dangerous

1991 (33 años, pederastia)
14 canciones – 121 aullidos, 483 gemidos, 43,14

ALBERTO D. PRIETO

En 1992, en pleno ‘Dangerous World Tour’, Michael fue contratado para animar el descanso de la Superbowl XXVII, la final de la liga de fútbol americano. En el intermedio de un partido seguido mundialmente; en un mini concierto que da incluso más prestigio al elegido que el que el elegido puede darle al partido; donde un artista normal aprovecharía cada segundo para agrandar su mito, Jacko decidió permanecer quieto como una estatua, seguro como estaba de que era su figura lo que la gente quería ver, de que él ya era más grande que su música, que ya era el indiscutible rey del pop y de todos sus súbditos. No venís a escucharme, os basta con mi figura, ésa que me he trabajado desde niño. Y cómo.

Ese cincelado externo era reflejo de un montón de heridas internas, de una huida hacia delante que llenó de guirnaldas, chorreras y apliques dorados todo cuanto lo rodeaba. El ‘Dangerous’ era un disco con una portada barroca y un sonido que se iba alejando de las melodías r’n’b camino de una personal mezcla entre el dance y el gesto cabreado.

Pareciera como si la cada vez más prominente barbilla del divo lo obligara a escupir las letras de sus canciones, en una suerte de venganza largo tiempo larvada, que ya no abandonaría, ni en contenido ni en forma, en sus siguientes trabajos. Al contrario, el último Michael Jackson profundizó musicalmente en unas producciones que superponían complicadísimas capas de sonido entre instrumentos, gritos y jadeos que ya no dejaban un espacio libre al silencio ni al desarrollo de una melodía de tipo estándar.

En este caso, el título del álbum contrastaba con una carátula basada en la avenida central de Disneyland -ya reproducida en su antigua mansión de Encino y en la recién adquirida Neverland– y en la que lo más peligroso era el sugerido tren de la bruja en cuya salida, abajo a la derecha de la portada, se aprecia un cochecito ocupado por un niño negro con pelo a lo afro y cara asustada.

El niño Michael volvía a una portada una vez terminada (o, al menos, eso parecía) la transformación física del Michael adulto: de negro a blanco, de candoroso a enfadado, de inocente a peligroso. En casi todos los cortes, MJ incluye un pasaje rapeado. Ya no está Quincy Jones, las colaboraciones magníficas se centran en lo accesorio -cameos de Eddie Murphy, Magic Johnson o Naomy Campbell en los videoclips- y el dueto estelar es con la princesa Estefanía de Mónaco (‘In the closet’)… otra niña ambivalente entre el glamour y la infancia expuesta, como tanta.

Pero curiosamente, éste es el primer disco en el que aparece una canción sin aullidos ni gemidos, ‘limpia’, cantada con suavidad, como en los tiempos en que era ese niño de la portada. Ocurriría en adelante sólo en un tipo de canciones: las que hablan de niños, de un planeta mejor para los niños, de niños abandonados, de niños en un mundo de fantasía, de niños desgraciados y muertos…

Precisamente desde esa cima empezó su caída al abismo de la mano de los niños y las mentiras… Sólo cinco días después de la muerte de Jackson, el niño de 12 años que lo había acusado de de haberlo tocado, masturbado y obligado a realizarle felaciones, reconoció ante el mundo que todo había sido mentira, un burdo montaje forzado por su padre, que eligió ese modo rápido de salir de la pobreza. Ese menor llegaba 16 años tarde, él ya era el joven Jordan Chandler y MJ estaba muerto.

Si Joseph había sido cruel con Michael y sus hermanos en el pasado, forzando horas y horas de perfeccionismo y mamporros, al menos había elegido la vía del trabajo; el papá Chandler, sin embargo, buscó una vía más rápida, menos honesta y más humillante si cabe para su propio hijo. Y qué decir de lo que le povocó al rey desnudo del pop, a su carrera, a su frágil autoestima, a su disminuida confianza en la verdad y en el ser humano.

Fuera o no cierto lo que dicen que hizo. O lo que luego dijeron que no hizo. La verdad, la honestidad, hacía ya muchos años que no contaban. Todo se reducía a “relaciones públicas”. Y en este caso, a dinero.

El sexo, ya lo hemos dicho, nunca había sido algo natural para Michael. Un padre promiscuo, que lo obligó a mentir a mamá; una madre mojigata testigo de Jehová para la que todo lo que no fuese obligación era pecado; una adolescencia inexistente, interpretando al micrófono y con maestría sentimientos y pasiones que no eran suyos, sino de adultos, y siendo venerado por ello, engañando con su edad para exacerbar la supuesta inocencia angelical de quien cantaba al amor, el abandono, el desamor y la cama. Si la verdad vale igual que la mentira, entiendes que dependes de seguir siendo infantil para hallar fuera la aceptación que no logras en casa; si había que satisfacer a mamá, la del amor a cambio del ‘eso no, que es pecado’, y a papá, el de las mentiras a cambio de éxito y sonrisas, acabas siendo de verdad eso que les gusta a los demás de ti: un niño con sentimientos de adulto.

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