5 años sin Michael Jackson: La infancia y la Motown

Got to be there (1971, 13 años – 10 canciones, 9 aullidos, 0 gemidos: 0,9)
Ben (1972, 14 años – 10 canciones, 5 aullidos, 41 gemidos: 4,6)
Music and me (1973, 15 años – 14 canciones, 2 aullidos, 14 gemidos: 0,2)
Forever Michael (1975, 17 años – 10 canciones, 2 aullidos, 5 gemidos: 0,7)

 

ALBERTO D. PRIETO

-Y tú eres simplemente adorable.

Delante de sus hermanos y de papá Joseph, Diana Ross pellizcó los mofletes de Michael. Era la fiesta de Navidad del 68 en la mansión de Berry Gordy, dueño y señor de la Motown y de todos sus artistas. La diva acababa de anunciarle a los chicos que iban a trabajar juntos. Ellos no llevaban ni un mes en la compañía y aún no habían grabado un sólo minuto de música, pero recién llegados de su cobacha de Gary (Indiana), acababan de actuar ante la líder de las Supremes, ante Smokey Robinson y tantos otros en el jardín de una mansión de tres pisos con piscina olímpica y pista de bolos, con teatro privado e incluso más diamantes que camareras…

El caso es que cuando la Ross sonrió y Michael se sonrojó mientras ella se daba la vuelta y se iba, el resto de sus hermanos añadieron un baldón de envidia a su difícil relación con el enano. Desde que se había unido al grupo, dos años atrás, ellos simplemente eran los cuatro que hacían falta para sumar cinco. Eso era todo.

Desde los primeros años, la vida de Michael ya había sido sido musical. Cada tarde, al volver de la escuela y mientras el cabeza de familia trabajaba en la fábrica, mamá miraba a los chicos cantar. Sus hermanos mayores, Jermaine, Jackie, Tito y Marlon, habían descubierto la vieja guitarra de papá aparcada junto a su fracaso en un armario. Profanar aquel sancta sanctorum les costó, cuando Joseph se enteró, más de una paliza por cabeza y, posteriormente, un desafío: “a ver qué carajo sabéis hacer, venga chavales, si sois tan valientes, demostradme para qué”.

Cuando Joseph Jackson escuchó las armonías de sus hijos todo cambió. Al punto de que el padre violento redujo su jornada en la fábrica para tornar en manager exigente, los coros cariñosos con mami se convirtieron en ensayos profesionales y la frustración musical del pasado de ambos se proyectó en un futuro de hijos convertidos en estrellas.

Más aún cuando Michael se unió al grupo. El enano, apocado por una convivencia agresiva en casa, se había acostumbrado a observar, escuchar y memorizar métodos de supervivencia en ese ambiente hostil. Pronto aprendió que un buen método era cantar y bailar para dar satisfacción a papá. E inmediatamente se vio que habíanacido para eso. Copiaba de inmediato cada canción, cada giro, cada ritmo, todo. Y además tenía un talento innato para la interpretación: cantaba con una seguridad pasmosa para sus años, bailaba con decisión y soltura y, sobre el escenario, tenía ángel, arrebataba al público. Claro, que eso mismo en lo que destacaba, aquello que lo hacía especial, empezó a ser su condena. Su cárcel.

El verano siguiente a la fiesta en la mansión de Gordy, Michael terminó de comprender, con sólo 10 años, que mentir es una mala idea sólo si eso hace enfadar a papá. Si durante los meses de concursos de talentos de fin de semana fuera de casa Joseph no se cortaba en llevarse queridas al cuarto delante de los chicos, una o dos veces por noche; si su mirada no le hizo jamás necesario tener que recordarles de palabra que el silencio les convenía; si esa mentira por omisión a mamá sumía a Michael en un conflicto irresoluble para su corta edad, cuando Diana Ross los recibió a todos en su casa de Hollywood Hills, la diosa de ébano remachó con brillantes la mentira iniciática de su bautismo profesional: “a todos los invitados que voy a llevar a vuestra presentación en el Daisy, el 11 de agosto, debéis decirles que yo os llevé a Motown, que yo os descubrí en vuestro pueblito de Gary…”. “Sí, señorita, entendido”, dijo Michael. Una sonrisa y un abrazo amoroso sellaron el engaño: “eres simplemente adorable, pequeño”.

De modo que el día convenido MJ mintió a la prensa, se descontó dos años y confirmó ante el mundo una falsedad: “tengo ocho años, y menos mal que la señorita Ross salvó mi carrera”, dijo resuelto, “creí que sería un anciano cuando alguien me descubriera”. Guiñó un ojo y sonrió: “Siguiente pregunta, por favor”.

Los primeros meses de Michael Jackson en Los Angeles los convivió fuera de su familia en casa de Diana Ross, que ejerció casi de madre, antes de llegar a ser su mentora y amiga del alma en los años venideros. De ella, el niño copió una característica clave en su carrera. La Ross enfatizaba el drama un poquito en los silencios entre versos dejando oír un hilito de voz puntual. Michael entendió rápidamente el efecto que eso causaba en sus grabaciones y lo incorporó desde entonces a su repertorio, derivando en lo que luego se convirtió en una marca personal de jadeos y gritos, e incluso en una obsesión por no dejar huecos sin llenar en sus interpretaciones. Con el paso del tiempo y de las operaciones de estética hubo quién quiso ver una obsesión de Jacko por la diva al punto de querer parecerse a ella. Y ciertamente hubo etapas en que su rostro se asemejó -quizá compartieron patrones del mismo cirujano- pero lo que de verdad pudo llegar a confundirse eran sus voces: la voz principal de versiones de temas las Supremes que hicieron los Jackson 5 podría haber sido la de la misma persona.

El escenario se convirtió en el mundo real de Michael Jackson; el éxito en una constante como el respirar; las sesiones de estudio, más numerosas y largas que las clases en el colegio; una peli con banda sonora de sonido Motown hasta en los sueños; no había amigos, sino fans que lo idolatraban por un lado e ídolos a los que idolatraba por otro; el refugio, los personajes de fantasía de Disney, las canciones de Sammy Davies Jr. y los aplausos, las sonrisas del público; una especie de gran hermano sobre las tablas.

La música era lo único que había conocido, en parte porque era en donde se sentía un ganador, en parte porque fuera de ese universo no tenía referencias -nunca había llegado a acumular recuerdos de niño-, nada a lo que asirse, salvo las conversaciones con adultos para aprender los sentimientos de un adulto que debía luego cantar, las razones de adulto que le hacían después mentir… y las faldas de mamá.

La escala de valores en la familia Jackson era: “en la vida hay ganadores y perdedores, y todo vale para alcanzar el éxito”. Así que disfrutar de las mieles del éxito, y no sólo en lo material, sino en el íntimo orgullo que una madre siente al ver a sus hijos ser tan virtuosos, facilitó que Katherine olvidara que la virtud para una testigo de Jehová se mide en obras caritativas, en actos de amor y no en discos de platino, mansiones y fajos de billetes.

Y la escala de valores se verificó. Los Jackson 5 no perdían, sino que ganaban millonadas. Claro, que el niño Michael perdía todas las referencias esenciales a su edad. Al fin y al cabo, él se corroía por estar traicionando a mamá ocultándole los engaños de papá, al tiempo que ella validaba sus mentiras a la prensa a cambio del el éxito económico y social, lo contrario a lo que siempre le enseñó.

5 años sin Michael Jackson
Off the Wall
Thriller
Bad
Dangerous
HIStory
Blood on the Dance Floor
Invincible

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2 pensamientos en “5 años sin Michael Jackson: La infancia y la Motown

  1. Michael Jackson llegó a serlo que fue gracias al genio y la inventiva de Quincy Johnn. Sin él, hubiese sido un simple buen cantante de color.

    • Bueno… no sé si tan así como tú dices, pero qué duda cabe que en su caso se juntaron TODOS los condicionantes para una explosión perfecta. Y, en todo caso, lo cuento en la entrada de ‘Off the Wall’.
      Un saludo y gracias.

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