El abuelo del bebé Ali

ALBERTO D. PRIETO

Dice el abuelo que cambiaría su vida por la del nieto. Y yo no lo comparto. ¿Para qué? ¿Qué vida cambias, abuelo? ¿Una de esperanza, siquiera? ¿Una de trabajo y esfuerzo con expectativas de ser recompensados? ¿Una vida de paz y prosperidad? ¿O una de odio, represalias, incomprensión y desconfianza?
Dice el abuelo que él no es un hombre violento. Y yo no lo comparto. ¿Por qué no? Si alrededor, sólo hay violencia. ¿No es ése el lenguaje que se habla en esas tierras? Famosas se hicieron incluso por ser el escenario del último dios al que se le haya dado muerte en la tierra, el único posterior a los mitos clásicos.

La violencia es la única respuesta humanamente comprensible cuando te toca en persona lidiar con el odio, la incomprensión, las represalias, la desesperanza, el desempleo sin expectativa, la ocupación, el encierro. Cuando no sólo bateas la injusticia en el día a día, sino que esta vez te ha tocado a ti, hombre de paz, enterrar un nieto bebé y rezar por una joven hija abrasada junto a un yerno y otro nieto. De cuatro años. Le amputaran las piernas, seguramente. Carbonizadas.

Porque unos jovenzuelos decidieron, hace unas noches, que ese chabolo era donde iban a verter su odio genético, su desesperanza heredada, su incomprensión con el vecino, su aburrimiento tal vez; donde aplicarían la represalia por un supuesto agravio, no importa si del Gobierno ocupante o del ocupado, en el cuerpo inocente de un bebecito de año y medio.

Para evitar la respuesta violenta de quien es agraviado se inventaron los gobiernos, las leyes, las normas, las democracias, la justicia, los tratados de paz, la diplomacia. Para eso existe todo eso. Pero donde tú vives, abuelo, no hay nada de eso. Ninguno lo respeta, lo firma, lo dice, lo dialoga, lo abraza. El entendimiento, la comprensión, el respeto, los anhelos, allí en tu tierra, son machacados por los gobiernos. Los que ocupan y los ocupados. Bajo los escombros de la casa de tu nieto, sabes abuelo que él, y tú, sois piezas desechables de la estrategia de los que pisan las moquetas. Si ellos, que están ahí para que tú no respondas ojo por ojo y diente por diente, si ellos, digo, aplican orgullosos el ciento por uno, entonces, ¿qué haces ahí, abuelo, llorando, rezando, y repitiendo que tú no eres violento? ¿Acaso crees que alguien vivirá o morirá en distinto escenario mañana?

El abuelo dice que cambiaría su vida por la de su nieto. Y yo no lo comparto. Porque la vida del abuelo es una mierda. Él es un hombre de paz, pero la guerra lo ha encontrado. Eso, desde hace décadas, sí que no cambia. ¿Acaso ese bebé habría visto en vida llegar la paz, el entendimiento, la comprensión, la confianza, la esperanza en el futuro? El abuelo sabe que no. Y ya está cansado. Y por eso querría cambiar su vida por la del nieto. A sus 50 años, ha perdido la esperanza y Ali, con 18 meses de vida antes de quemarse en la cuna, era todo esperanza.

Salvo por que vivía en una tierra donde eso, en realidad, no existe. ¿A alguien le ha importado de qué se ‘vengaban’ con cócteles molotov esos canallas extremistas? No. Se ha dicho que de una muerte israelí de hace un año a manos palestinas. Otros, que del desalojo de colonos los días anteriores. Versiones interesadas, sin interés de nadie en verificarlas. Porque en aquellas tierras no importa el motivo. El odio es la razón. La incomprensión es como se vive. Y se muere.

Entiendo al abuelo de Ali. No lo comparto. Pero lo entiendo. Porque yo haría lo mismo. Hombres de paz que no cree en ella. Qué rabia.

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