Indurain. El último verano en la carretera

ALBERTO D. PRIETO
Pasaron los años y nosotros seguíamos cantándolo. En cualquier reunión, concentración, manifestación, siempre la misma canción. Fuimos grandes una vez, de su mano, en las tardes de verano, universales, infinitos. Así que cuando un italiano nos sacaba a Maldini, le decíamos Indurain; cuando un yanqui mascaba el nombre de Jordan, nosotros Indurain, Indurain; y si un argentino cantaba a Maradona, Indurain, Indurain, Indurain.

Han pasado los años, y los kilos, las entradas, las arrugas, han pasado ciclistas y tramposos, genios, molinillos y escapadas bidón. Y quien lo desafió, cayó. Antes o después, víctima de su gran verdad: Miguelón venía de fábrica. Pocas pulsaciones y una tensión baja y constante, con unos vatios ilimitados y un corazón enorme y corajudo en el centro de la máquina.

El último verano de Indurain yo estaba ahí.

Corría el 19 de septiembre del 96, subíamos Covadonga. Unos, en coche y otros dando pedales. Pasados cinco años de ausencia, el genio de Villava había regresado a las carreteras españolas. A regañadientes y fatigado después de boquear en el Tour como un toro herido rampando las cuestas de Les Arcs. Pero imperial.

Ese año, yo trabajaba en la Vuelta a España, la única gran carrera que faltará en el palmarés del más grande de todos los tiempos. La sala de prensa, donde servía yo como encargado, no solía estar cerca del recorrido. Viciosos de las dos ruedas tomaban datos de nuestros boletines de papel, internet era un arcano inimaginado para casi todos, y las crónicas se dictaban o se enviaban por línea. No había que tuitear, atender a la radio, y alimentar de comentarios la web; por entonces, casi sólo bastaba con hablar con directores y mecánicos, invitar a algo a un masajista, guiñarle el ojo a una azafata, jugar un poco al trilero con la acreditación, colarte en el bus, subirte a las habitaciones, preparar una buena crónica, rematar la previa y transcribir la entrevista de color. Periodismo, nada más.

Era una rutina diaria: levantarse a esa hora en que todavía no es verano por mucho que diga el calendario, una mala ducha, un desayuno a trompicones, ropa emburruñada en la maleta, y un saludo al mecánico que engrasa unas bicis en el suelo cuando todavía el sol no ha dicho buenos días. Luego, 200 kilómetros del tirón, La Carretera de Julio Iglesias cada día en la radio de ese coche acreditado por la Vuelta a España… mola cruzar pueblos con esas pegatinas, los pocos que ya han salido a doblar el lomo a sus tierras te miran con ojillos de ilusión, casi aplauden, por ahí pasará el pelotón en unas horas, y ellos, si han acabado la faena, podrán aplaudir al suizo del Mapei, al francés de la ONCE, al italiano del MG y al otro suizo, el cieguito de las gafas, a ver si hoy no se cae…

Pero antes, yo he de montar la sala de prensa en la ciudad meta del día: boletines, datos, que no falten monitores, conexiones, enchufes para todos, buenos días, qué pronto aquí, James, un café… ¿americano, como tú? ya se oye el runrún de la caravana, claro, ya es pasado el mediodía, ¿me subes luego al hotel, a ver si hoy sí que llegamos a cenar? Cuando acabes, te espero, que al cierre de lo de los demás a mí me queda faena todavía y tus horarios yanquis coinciden con los míos, ¿has visto a Miguelón hoy? ¿cómo estaba? La tiene que romper en Covadonga…

Aquel día pude salir un rato a ver pasar la carrera, no me quedaba lejos. Hay sonidos que se meten en los piñones del alma, y el cadeneo de un centenar de bicicletas para algunos es como una dosis fugaz que nos calma un mono desconocido. Ahí llegan.

Pude adivinarlo, imperial, entre la masa de colores mezclados, dónde está Wally, inconfundible, gorra hueca, blanco, rojo y azul, media cuarta por encima de los demás. Pasaron ante mí, eran muchos aún, agrupados, rrrrrrrrrRRRRRRRRrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…rrr..rr……, y una sonrisa se me dibujó en la cara, qué gente, qué tendones, qué tensión, qué gusto y qué placer, salir a la cuneta a aplaudir, míralos, trece días llevan ya, a treinta, cuarenta grados, a cincuenta, sesenta por hora, y ahora Covadonga, ahí está Indurain, caray qué grande.

Una noche, días atrás, su hotel en Ávila y el mío compartían vecindad, así que renuncié a la cena. Una cervecita rápida con la tapa de camino, acreditación en ristre, y al vestíbulo. Me habían soplado que esa noche iba a atender a la prensa en plan canutazo y pensé en hacerme pasar por periodista. Al fin y al cabo, cada día trabajaba para ellos, y me quedaba sólo un curso para la licenciatura. Pero Miguel era demasiado grande, sí, allí al fondo se adivinaba su cabeza levemente apepinada, y lo rodeaban decenas, qué decenas, cientos de personas, cámaras, libretas, grabadoras y gritos en todos los idiomas. Uno se lo imaginaba entre esa manada de brokers de la noticia a la caza de un gesto entre silencios o una inflexión interpretable como que tal rumor se confirmaba y que ya lo dijo ‘Marca’ o lo adelantamos en la Ser, uno se lo imaginaba, digo, levantándose parsimonioso, calmo y paciente, y abriéndose camino como en las cumbres gloriosas de sus cinco cimas a pedales, y que sólo con su presencia y sus pasos al frente, los periodistas irían apartándose, incapaces de profanar su aura. Poco menos que tarareando Indurain, Indurain, Indurain…

Uno se lo imaginaba así y luego tendiéndome la mano, hola Alberto, ganas tenía y tal… Pero claro, la prensa seguía ahí, acosándolo, el ensueño se desvanecía, el círculo se cerraba y ya no había más que ver.

En Ávila el hotel compartía vecindario, pero no estrellas, y cerraba la recepción.

Ahora estábamos en Asturias, era el día en que Indurain tenía que mostrarse. Habían sido demasiados cinco años de ausencia, años de leyenda forjada en tours y giros, dauphinés, récords de la hora, medallas mundialistas y hasta oros olímpicos. La carrera este año se había diseñado a su medida: mucho calor por el levante y el sur hasta el día de descanso, contrarreloj larga antes de la montaña asturiana, un toque leve de Pirineos y una etapa contra el crono al final para apuntalar un leve rodeo a la sierra madrileña.

Sus jefes lo entendieron y lo trajeron, muy a su pesar, porque el banco patrocinador quería mostrar en casa su enorme cartel publicitario con ruedas y pedales, porque la organización quería que fuera profeta en su tierra, lo necesitaba para apuntalar el cambio de fechas, y si el más grande del mundo era español, su afición merecía sonreírse en la cuneta, reconociéndolo majestuoso sobre el pelotón.

Todos los periodistas servidos, agua en cada mesa y las clasificaciones repartidas, a la hora de comer algo, salí de la sala de prensa hacia un lagar cercano: sidrina, algo de quesu y unos huevos tenía pensado. Por ahí andaba James, rubio y acelerado, como siempre, con esos coloretes bajo las gafas, una libreta de espiral, el boli en entre la oreja y la gorra, y unos bermudas sobre las canillas pecosas de guiri: “¿lo has visto? Se baja”. Qué dices, no te entiendo, yanqui, y no sé si quiero… “Migueloun, que se baja Migueloun, abandona, joder, what a shit!”

Fue un virus, dijo, y un hastío regio, calló, lo que le cerró los oídos a los cánticos de la afición y le echó pie a tierra a la altura del Hotel Capitán, en Cangas, porque ya no reunía las fuerzas para poner en marcha ese enorme corazón, para mover sus vatios infinitos e iluminar nuestras sonrisas, abriéndole paso, Lagos arriba, Indurain, Indurain, Indurain…

Yo estuve allí, y James el guiri, el año en que se fue Miguel y en el que Julio Iglesias cantaba cada mañana lo del Último Verano en La Carretera.

Publicado en QualitySport en agosto2014

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s