Bowie is all around

image

ALBERTO D. PRIETO
Bill Nighy presenta un curioso parecido con David Bowie, tristemente desaparecido este domingo 10 de enero de 2016. Una de las historias conductoras de ‘Love actually’ (2003) es la de un carcamal del pop-rock británico interpretado por él, que lucha por resucitar sus mejores épocas peleando por el número uno de las listas inglesas el día de Navidad. No desvelamos nada si contamos que la comedia alcanza uno de sus cenit cuando la vieja gloria ha de pagar su apuesta de desnudarse en el escenario, pues su terrible versión de ‘Love is all around’ –cambiando “love” por “christmas”– logra el objetivo, batiendo a un quinteto de guapos jóvenes.

También en el año 1982, inesperadamente, el verdadero Bowie reinó en el hit parade navideño británico
con una versión del ‘Tamborilero’ en un improbable dúo con Bing Crosby… o quizás no tan improbable.

La canción había sido grabada cinco años antes, durante un especial navideño para la tele, en un intermedio de las alocadas sesiones entre rayaduras mentales y de cocaína del Duque Blanco, y había dormido el sueño de los justos hasta que, por azares del destino, algún avispado ejecutivo discográfico la rescató de los cajones y la hizo circular.

Ésa es la parte improbable, en realidad. Porque las colaboraciones con artistas de todo tipo y condición, grandes estrellas de la música o locos emergentes del panorama underground, pasando por los clásicos o los rockers, fue la tónica de su vida entre los terrícolas.

Así, casi cinco décadas hasta que,  vendados sus ojos asimétricos –esos que ha sabido captar Ulises para la portada de EL MUNDO de este martes– y retorcido sobre un catre, nos ha cantado eso de “look at me, I’m in Heaven”. ‘Lazarus’ es una de las tonadillas oscuras con las que se despidió de este mundo el viernes, el single que salió como apoyo comercial a ‘Blackstar”, el álbum postrero con el que se apaga su estrella. Un par de días después de cumplir 69 años, dejó este mundo. Y pidió turno en la resurrección.

Como sus personajes, David Bowie pareció siempre un extraterrestre, recién llegado de algún lugar avanzado. Así, compuso, grabó y produjo una obra tan audaz como ‘Space Oddity’ en pleno 1969, unas semanas antes de la llegada del hombre a la Luna. No dejó de probar rutas ignotas, de vestirse de Lauren Bacall para poner el mundo en venta (1970), o de inventarse a un auténtico alienígena venido de las estrellas para salvar a la Tierra de su destrucción… pues con Ziggy Stardust (1972) dio el paso definitivo del éxito masivo, se zambulló en las obras conceptuales, creó algunas de sus más famosas, efectistas y hermosas melodías (’Five years’, ‘Starman’, ‘Rock and roll suicide’...) e inauguró, sobre todo, su paso por los disfraces no ya sólo de vestimenta, sino de personalidad.

Con Ziggy, después con Aladdin Sane (1973) y luego con el delgado Duque Blanco (‘Station to Station’, 1976) el muchacho andrógino del sureño barrio londinense de Brixton se convirtió en un exhibicionista del transformismo y en un desequilibrado en la intimidad. Perdió la cabeza en parte por su gloria ególatra y en parte por las drogas, y así llegó a extremos como forzar a la London Weekend Television a retrasar la noticia de la muerte de Franco porque le tocaba a él entrar en el estudio a ser entrevistado y a que meses después fuera detenido por estar en posesión de material fascista y laudatorio de Hitler.

En esos años consolidó a Lou Reed, lanzó a Iggy Pop y colaboró con John Lennon, quien firmó junto a él la premonitoria ‘Fame’ (1975). Premonitoria no de sus ya más que consolidadas carreras como iconos de la cultura occidental, sino de lo que habría de gobernar nuestras sociedades unos años después: con la televisión de masas importaría mucho más la popularidad que los méritos por lograrla. Bowie siempre lo intuyó y lo supo aprovechar.

Así, machacó el mercado americano como ningún otro blanquito inglés había hecho –lo hizo, claro, porque adoptó los sonidos soul que los yanquis querían escuchar—, improvisó con Queen un superéxito (‘Under Pressure’, 1981) que unir a los eslabones de su cadena de discos de oro y platino, se dejó seducir por la pintura y la interpretación cinematográfica, resolvió rencillas con Mick Jagger (1985) bailando en las calles –y dicen que también entre las sábanas— y, finalmente, reunió a unos locos para hacer un disco de puro rock, Tin Machine (1991).

Como el escritor de los libros de Oscar Wilde, siempre tuvo algo de perfecto caballero de las transgresiones y las miserias. Ese deje victoriano que aún destilan las calles de Londres, donde conviven las tradiciones arraigadas con los imperdibles en la ceja y las cremalleras abiertas al descuido. Sus trajes cortados en sastrerías de muros enmaderados no eran más elegantes que sus disfraces de mimo y sus faldas de papel de plata. Y con ese porte y su facilidad para el transformismo estético, Bowie nos traducía a la vista lo que nuestros oídos captaban de álbum en álbum.

“Siempre hizo lo que quiso”, ha dicho su amigo y productor Viscontii, “y lo que toca ahora es llorar”. Hoy que lo lloramos, todos hablan de la incursión definitiva de Bowie, de la mano de Visconti, en el jazz-rock de los últimos dos trabajos (‘The Next Day’, 2013, y el casi póstumo ‘Blackstar’, 2016), pero las percusiones a destiempo, los vientos en reboleras y las voces de ambiente ya las había visitado hace dos décadas (‘1.Outside’, 1995), cuando su huida de la melodía fue bautizada como “rock industrial“.

Esa definición de la crítica, claro, vino antes de saberse que aquella reunión con Brian Eno, su alter ego durante la Trilogía de Berlín (‘Low’, 1976, ‘Heroes’, 1977 y ‘Lodger’, 1979), había sido en verdad una nueva transmutación del personaje, imbuido en un loco de nombre Nathan Adler, residente en un psiquiátrico y héroe del arte outsider. Y de ser conscientes de que ni una sola de las canciones había sido escrita antes de empezar a ejecutarla en el estudio. Y de que ni una sola fue llevada luego al máster, a la prensa y a la tienda antes de ser pasada por la turmix informática de un software que recortaba las frases y las reordenaba a voluntad en la mesa de mezclas.

Al afán de Bowie por investigar lenguajes le daba igual si el disco era comprendido por la industria o el público en el momento de su lanzamiento o cómo lo catalogáramos. Tampoco era de nuestra incumbencia si, después de una sobreproducción de cinco álbumes a su mayor gloria, se encerraba en casa a ver el triunfo del viejo rockero de ‘Love Actually’ cada navidad desde 2003 acurrucado en el sofá con su bella esposa, la ex modelo somalí Iman, y nos daba barbecho durante una década para criar a su hijita Lexi en Nueva York, como ya hizo su amigo Lennon cinco años con Sean, el enano que parió junto a Yoko. Porque a él se le daba una higa la etiqueta que le colgáramos.

¿Dónde se ha visto un aristócrata preocupado por la opinión de sus súbditos? Le bastaba con ser nuestro duque blanco del plastic soul, el hombre que vino de las estrellas, vendió el mundo y murió en la cama. Para eso bajó del cielo. Al que ahora vuelve, con las cicatrices de la vida terrícola, mortal en los periódicos y resucitado en nuestros iPods.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s