Indurain. El último verano en la carretera

ALBERTO D. PRIETO
Pasaron los años y nosotros seguíamos cantándolo. En cualquier reunión, concentración, manifestación, siempre la misma canción. Fuimos grandes una vez, de su mano, en las tardes de verano, universales, infinitos. Así que cuando un italiano nos sacaba a Maldini, le decíamos Indurain; cuando un yanqui mascaba el nombre de Jordan, nosotros Indurain, Indurain; y si un argentino cantaba a Maradona, Indurain, Indurain, Indurain.

Han pasado los años, y los kilos Sigue leyendo

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Tengo un amigo del Atleti

ALBERTO D. PRIETO

Tengo un amigo del Atleti y hoy es su cumpleaños. No puedo imaginar mejor regalo que el que le dio su equipo anoche. Para él que es del Atleti.

Dicen que puedes cambiar de país, de novia, hasta de marca de calzoncillos, pero que la ley del fútbol impide que jamás cambies de equipo. Sólo el Atleti ha logrado desafiarla, porque mi amigo fue vikingo antes que indio. Hace muchos años que vio la luz, como él dice, y en plena adolescencia se dejó adoptar por otro modo de sentirse futbolero. El Atleti, dice, no necesita ganar siempre; el Atleti se deja el alma por intentarlo cada día. Sigue leyendo

Aprender idiomas, entender inglés

Aprender idiomas, entender inglesALBERTO D. PRIETO

Qué importantes son los idiomas. Saber una lengua, entenderla y a sus hablantes. No es tan elemental como puede parecer. Una lengua extranjera, además de abrir puertas, te abre la mente. A través de sus sonidos, de su musicalidad, por un proceso como el de la ósmosis, te vas impregnando de la cultura de esa tierra y de los sentimientos de sus moradores.

Si el alemán suena siderúrgico y el francés amoroso, si el italiano elegante y el inglés práctico…

De pequeño, un día, escuché una canción en francés, miré a mi hermano mayor y empezamos a partirnos de risa. ¡Eso qué es! ¿Desde cuándo se canta en ese idioma? Era la época de la movida, así que sólo entendíamos que se hicieran melodías en inglés o revoluciones sonoras en español. No había más.

Con el paso de los años, en casa empezamos a dar clases particulares en la lengua de Dumas, y además de sentir envidia por la grandeur française, de vernos reflejados en (la corta estatura de) Napoleón y de apasionarme, esta vez yo sólo, con el Tour de Francia, se nos abrió un mundo entero: Edith Piaf, Jaques Brel, Aznavour, Serge Gainsbourg… Todo sonaba a frío, a posguerra, a las cosas hechas con las manos y a calles con semáforos llenas de Citroën Tiburón y guardias subidos a un pollete.

Yo me enamoré de Francia, de las francesas… las ciudades y sus chicas chic. Me hice un poco galófilo, y ecompañé a Goya en su sufrimiento por el vivan las cadenas. Supe que en otra vida querré ser républicaine. Pero en esta vida, what the hell, en esta vida soy inglés.

Ingleses son los Beatles, inglés es el dinero, el que nos robaban los piratas y el que nos sisan aún las financieras… los piratas, vamos.

Inglés se habla en Londres, que eso ya es mucho, y en inglés, por los colonos yanquis, comemos hamburguesas, vestimos vaqueros y escribimos artículos como éste en un iPad. Inglaterra no sólo nos ha dado la reina y la ginebra (la poca que dejó su madre sin beber), Trafalgar o David Bowie. Inglaterra nos ha dado el fútbol.

Joder. El fútbol.

Uno de mis primeros recuerdos de la infancia es un partido del Madrid contra el Aberdeen. No se ha vuelto a oír hablar de ese equipo por estos lares. Pero, colega, aquello era una final de la Recopa, el único título oficial que se le ha resistido a los blancos. Era mayo del 83 y tras la prórroga quien levantó el trofeo (2-1) fue un tal Alex Ferguson, que todavía no era ‘sir’ pero ya mascaba chicle. Al otro lado, Di Stefano empezaba a preguntarse si los nenes del Castilla no estarían ya para ver pelis de mayores.

La grada cantaba y Gotemburgo, llena de escoceses, reverenciaba a un técnico que en siete años les dio más títulos que en el otro siglo largo de vida del club sin él: tres ligas, cuatro copas, una copa de la liga, una recopa, una supercopa europea… Y luego dicen que la túrmix la inventó Guardiola

La grada cantaba… ¡y cómo cantaba la grada! Los idiomas, decíamos, son importantes en esta vida, pero no hace falta hablar inglés para saber cuándo estás ante una afición británica. De aquellos años también son los primeros juegos de fútbol para ordenador. Recuerdo que, más allá de sus rudimentarios gráficos, lo que más me llamaba la atención era lo poco realista de los sonidos del público… pero eso fue hasta que oí los murmullos convertirse en un coro de ‘wows’ acompasados, hasta que noté las vibraciones de un estadio al celebrar un córner, hasta que aprendí a reconocer el sonido en armonía de una afición guiri al reclamar una falta recriminar un piscinazo, hasta que escuché a Anfield cantar el ‘You’ll Never Walk Alone’.

Aprender inglés no es saber que ‘my taylor is rich’ y ‘my mother’s in the kitchen’, ni recitarlo en clase, ni cantarlo como la berrea de los Toreros Muertos. Aprender inglés es impregnarse, notar que se te eriza el vello cuando suena una patada al balón y 50.000 acervezados con pecas repiten el mismo sonido, y que lo hacen siempre.

El fútbol británico siempre es igual en sus esencias, rechaza contaminaciones del continente y sólo adopta lo que le enriquece, lo cual es una tradición bien arraigada en la clase dirigente de las islas, donde siempre se te saluda con bombín y propiedad, es decir, tomando como propio todo aquello que pueda alimentar a su serena majestad. Y por eso son tan prácticos como su idioma, que con 1000 palabras te hace un imperio. Si algo tiene el agua para que la bendigan, algo tendrá lo british para habernos marcardo el paso desde que los niños de Dickens cosían trapos y los pateaban en los callejones húmedos de sus novelas.

En aquellos 80 de reconversión industrial y mocos en el pupitre, cuestión de edad, fue cuando uno despertó al fútbol y a los Beatles. Ambos han sido la banda sonora de toda mi vida desde entonces. Quizá por eso todo encaja y mi existencia es como una canción de los cuatro de Liverpool, como todas sus canciones, todas distintas, de mil estilos, pero todas reconocibles, de los Beatles. Quizá por eso todo encaja y aquella década fue la época dorada de mi equipo, con ligas y copas de Europa encadenadas en ‘red’… hasta que llegó Yoko Ono, digo Alex Ferguson, el escoés que lo mandó todo al carajo a favor del United.

Si hay un destino, el mío estaba escrito en inglés. Por desgracia, a los Beatles no llegué para verlos en directo. Y por suerte, aún puedo ir a Anfield para sentir su música. Mejor eso, porque dicen que a los de Liverpool -y a los escoceses, entre chicles y whisky- se les entiende mal en inglés…

Publicado en revista Lineker en abril2014

@ADPrietoPYC

La insostenibilidad del fútbol

FutbolIN#FutbolINsostenible
Universidad de Extremadura
Facultad de Ciencias del Deporte
Jornadas de Derecho y Legislación Deportiva – 6 noviembre 2013

Azul y Negro, los colores de Alberto Fernández

ALBERTO D. PRIETO

alberto-fernandez_1Creo que no llegué a hacer la colección, pero sí compré cromos y ayudé a un amigo a completarla. ‘Trideporte 84′ es el único álbum que yo recuerde que incluía ciclistas en los sobres que, a cambio de cinco pelas, te daba el quiosquero. Junto a ellos, futbolistas y baloncestistas… en aquella época, ocho años para nueve, yo no sabía decir esa palabra: ”baloncestistas”. Ese verano, con la plata de Los Ángeles, todos aprendimos.

Yo ya estaba loco por las ruedas. Siempre me he preguntado por qué soy el único de mi casa apasionado por el deporte. Y ahora, ya cerca de los 40 tacos, voy entendiendo: Al tiempo que aquella España salía de sus muchos y eternos cascarones, los de la generación que ya no empolló el franquismo, despertábamos al hedonismo permitido. A los enanos de entonces nos ofrecían nuevos modelos que imitar. Era la época de la movida, que nos pillaba aún casi con la papilla, y de nuevos ídolos deportivos, casi todos con patillones y mal afeitados. En las bicis, todos repetíamos los nombres de Arroyo, Perico, Faustino Rupérez… y, por supuesto,los de Hinault, Fignon y Moser. Sigue leyendo

De Messi al Málaga (pasando por Hacienda)

ALBERTO D. PRIETO

AlFondoAlaDerechaNos hemos vuelto todos locos con lo de Messi. El mejor jugador del mundo, símbolo impoluto y amable de un Barça que ha labrado imagen de club que gana y sabe ganar, ¿robándonos? Hasta ahora, todas las ocasiones en que el argentino pareció dar razones para criticarlo –salivazos, broncas, pelotazos a la grada, compañeros despedidos…– quedaron en indicios circunstanciales. No había pruebas. Sólo sus goles, infinitos, sus balones de oro, uno tras otro, y su superioridad, ofensiva.

¿Y ahora? La querella aún no ha sido admitida a trámite, pero es tan detallada en su prolija descripción de los hechos probatorios que el presunto defraudador tiene todas las papeletas para tener que pasar por caja. Por el oprobio, ahora sí, ya ha pasado: “Usémoslo de ejemplo”, “que cunda el pánico”, “pongamos en orden este fangal de compraventas, concursales y maletines”, “‘fair play financiero’ para todos, ya”.

¿Para todos? ¿Seguro?

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Neymar, en un país de merda

ALBERTO D. PRIETO

Uno pensaba que era imposible asistir a una memez más. Al menos, a una memez mayor. Después del concierto de tonterías que sigue (y precede) a cualquier fichaje galáctico, el empacho de almíbar por un lado y de quina barata por el otro tienen como única contrapartida la ventaja de que el día de la noticia es casi imposible superarlas. E innecesario: ya no hay que llenar los huecos intelectuales con obviedades e inventos. Neymar ya está aquí, y es una estrella. Con eso debería valer.

NeymarCatalanPero no. Qué va: “Hablo mejor en catalán que en castellano”.

Ya está. La idiotez inimaginable, innecesaria, inútil. O no. Quizá no lo era. Porque no es una frase gratuita. En esos actos no suele haber nada improvisado. Ha costado mucho esfuerzo y dinero traer al chico, es una joya carísima de mantener y hay que rentabilizarla desde que pisa el suelo.

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